HACIA DÓNDE CAMINA LA MODERNIDAD.
La ruina de
las visiones prometeicas inaugura una relación
inédita con
los valores y un espacio ideológico
esencialmente
efímero, móvil e inestable.
Ya no tenemos
megasistemas, queda la fluctuación y
versatilidad de las orientaciones. Poseíamos
la fe,
ahora tenemos el entusiasmo.
Después de la
era intransigente y teológica,
la era de la frivolidad de la razón:
las
interpretaciones del mundo han sido liberadas
en su
anterior gravedad y han entrado en
la atrevida
embriaguez del consumo y del servicio al minuto.
(Gilles
Lipovestky)
Marx era de la opinión de que la humanidad se propone,
únicamente, resolver aquellos problemas y preocupaciones en tanto nacen o se
gestan las condiciones materiales para su realización. Cada época en la que se
ha periodizado la historia de la humanidad posee sus propias preocupaciones,
problemas y destino. Las preocupaciones se resuelven en el ámbito de la especulación
y de la teoría, los problemas encuentran sus soluciones en el campo de las
actividades prácticas y el destino se alcanza o realiza en el terreno de los
hechos históricos. Desde luego, estas tres condiciones están hilvanadas
mediante un discurso que es capaz de cohesionar y representar la unidad,
hegemonía y rumbo de cada época. Al tercer periodo en que suele dividirse la
historia de la humanidad, y que va entre mediados del silgo XV y el final del
XVIII, se le nombra como edad moderna o bien Modernidad. A la modernidad le
anteceden la Edad Media y el periodo clásico griego, respectivamente.
La modernidad fue una etapa llena de crisis,
contradicciones, evoluciones y revoluciones; cambios radicales en los campos de
la religión, de la ciencia, de la política, economía, cultura y filosofía,
pero, principal y fundamentalmente en el orden y enfoque del discurso. Un
discurso es un relato que plantea o presenta una concepción del mundo a
realizar mediante reglas y estrategias a fin de objetivar ideas, valores y
fines. El estilo de la modernidad es trabajar de dentro hacia afuera, es decir,
partir de un interior evidente tanto por deducción como por intuición de la
razón, como es el caso del famoso pienso, luego soy o pienso, luego existo.
Más adelante, se puede indicar, que este estilo encuentra una madurez en la
arquitectónica de la razón kantina o en la solides del espíritu absoluto
hegeliano. La premisa y a la vez consigna que orienta el despliegue del
discurso moderno es el convencimiento de que el hombre moderno está destinado,
mediante un programa, a efectuar lo que se llama progreso. En la medida en que
el hombre es racional y libre por naturaleza no puede eludir el reclamo del
progreso.
La modernidad es un "El Programa" cuyo objetivo
fundamental consiste en el trabajo ardua de la razón en conquistar, dominar y
administrar la naturaleza para instaurar de manera efectiva y objetiva una
sociedad emancipada de oscurantismos, prejuicios e ídolos. Objetivo que el
mito, la poesía, la religión y aún la filosofía clásica y medieval solamente
prometían, dado el carácter altamente especulativo de sus discursos. Un
programa consta de proyectos, a su vez, los proyectos de actividades y de
tareas. La revolución científica y filosófica, o sea, lo que se conoce como
"giro copernicano", la revolución burguesa, es decir, la francesa, lo mismo que
la revolución industrial y posteriormente la instauración de la técnica
planetaria, etc., son proyectos del programa de la modernidad, que para
realizarse requiere de la producción de Grandes Relatos justificantes y de
legitimadores del Progreso, tales, como: la Razón, el Sujeto, el Espíritu, la
Revolución.
Los relatos modernos, que en esencia cumplen con una
doble fusión discursiva, por un lado, de carácter epistémico y por otro,
político, tienden a emprender una fuerte crítica o destrucción teórica de las
concepciones religiosas y filosóficas, sociales, etc., anteriores, echándoles
en cara sus limitaciones e inconsistencias y para liberar a la humanidad de sus
tradiciones, de sus estadios, mitológico, religioso y metafísico. Una vez
realizado esta parte, se emprende el camino de la reconstrucción, para lo cual,
es necesario partir de un imperativo: alcanzar la mayoría de edad, es decir,
superar la edad infantil de la humanidad. Se trata ahora, desde este momento, caminar
sin andamios y guiarse por la luz natural. Hecho esto, entonces solamente hay
que hacer la travesía o seguir la senda del Espíritu y de la Bildung, que
expresa el cuidado de uno mismo por la propia formación individual, la salvación y la justificación de la propia
vida, y todo ello en medio de un subjetivismo personal y espiritual.
Entonces, el
hombre moderno, tenía como destino el realizarse u objetivarse como héroe, como
sujeto histórico, ser libre y de autoconciencia. Tenía, todas las responsabilidad
y compromisos por delante. Grandes tareas requerían de un gran espíritu para
reconciliar o identificar, vía de por medio la contradicción (dialéctica), el
ser y el pensar. Etc. En resumen, el
tono, pero también el destino y el estilo del discurso moderno bien puede
quedar ilustrado en la cita siguiente de Hegel, en el "Prólogo" de la Fenomenología
del espíritu: También el individuo singular tiene que recorrer, en cuanto a su
contenido, las fases de formación del espíritu universal, pero como figuras ya
dominadas por el espíritu, como etapas de un camino ya trillado y allanado.
El proyecto moderno estaba destinado a que el hombre
bajo el auspicio de la luz natural (Res cogita) concibiera a la
naturaleza (Res extensa) como entidad explicada sobre la base de reglas
para la dirección del espíritu a fin de investigarla matemáticamente y de
experimentarla físicamente para ponerla al servicio del progreso social humano
y logar con ello paz, justicia, libertad
e igualdad mediante una estructura social, jurídica y política que
alejará al hombre moderno de todo indicio de prejuicios, temores y miedos que
lo ataran a una edad oscura y mitológica.
La razón moderna, con sus antecedentes renacentistas,
la justificación de que el hombre es libre y racional por naturaleza y que se
llega al amor al prójimo partiendo de la razón y no de la Revelación emprendió
un proceso de formación que provoco, a lo largo del desarrollo de la
sociedad moderna, la producción de discursos altamente optimistas pero
desmedidamente inclinados hacia la concepción positivista de la naturaleza, la
proliferación de formulaciones de disciplinas de control social, el empleo de estrategias económico, políticas
y morales, además de la basta generación de ideologías legitimantes y
apologéticas que al paso del tiempo provocaron o dejaban advertir el fracaso
del programa de la modernidad, incluido el proyecto de la ilustración y de la
revolución industrial.
Poco después vino la reacción y crítica
antipositivista, fenomenológica, freudiana, marxista, analítica, hermenéutica,
etc., comenzaba un cambio en las
concepciones de la teoría y las prácticas sociales humanas y se abrían con esto
giros y rupturas, tendencias, corrientes y doctrinas hacia la búsqueda y
planteamientos que bajo la novedad de la actitud nihilista y hermenéutica se
vislumbraron horizontes nuevos o formas del ser, de la verdad, del lenguaje,
del arte, etc., sobre todo, a raíz del gran desarrollo científico y tecnológico
y el advenimiento de las vanguardias artísticas extendidas hacia todo los
órdenes de actividad humana. Las
sospechas de que la razón moderna se había mitificado o enredado en sus propias
producciones eran grandes y a la vez esperanzadoras.
Sirviéndose
de todos los cambios, rupturas, giros y contradicciones en que cayó la razón
moderna aparecieron las postulaciones de que la realidad y la verdad tenían
nuevos escenarios y horizontes en los cuales el sujeto daba paso al individuo
como protagonista; emergía una nueva subjetividad, que para efectuarse no
requería más que del imperio de lo efímero, del vacío y lo banal o de los
imperativos del mercado y de los formatos de las tecnologías de la comunicación
e información.
De igual manera que en su momento la modernidad hizo
pasar bajo su criba a los discursos anteriores, el medieval y el clásico
antiguo, también, desde hace décadas, éste ha venido siendo evaluado, criticado
y para muchos superado por las diferentes posiciones discursivas
contemporáneas, que, como punto de partida, coinciden en el fin de la
metafísica y con ellos, entonces, la declinación de los grandes relatos. Ahora,
todos los acontecimientos se encuentran interconectado en una red de incesantes
y múltiples referencias. Nada de lo que sucede puede sustraerse al universo
informatizado. No cabe aquí la idea de progreso ni de superación: lo que hay,
en todo caso, es una combinación de las diferencias. Progresiones inestables:
se avanza retrocediendo, perdiendo se gana, retroceder avanzando. Alto
repliegue hacia lo cotidiano, rechazo de lo histórico. Absorción de lo bueno,
bello y verdadero en el consumo embrutecido.
En el
contexto, calificado claramente como
posmoderno, las utopías, aspiraciones, sueños y anhelos modernos hacen
corto circuito con los deseos y la volatilidad de los individuos contemporáneos
habituados cada vez más a entornos culturales yuxtapuestos o híbridos y sobre
todo con la confianza (y abandono) total en las
posibilidades de la tecnología y del ciberespacio, en donde, por
supuesto, ni la crítica, ni la dialéctica e incluso la hermenéutica se requieren para hacer navegar la existencia
por donde los flujos de datos y de sensacionalismos la lleven.
La finitud e
individualidad se hace más pequeña ante lo omnisciente de la red, lo cual,
paradójicamente, tiene un efecto celebratorio. Es decir, la destrucción
ecológica, la transfiguración genética del soporte biológico, el agotamiento
del lenguaje por la información, más la saturación de sentido, el fin de la
historia por aniquilación de narración y en su lugar los memes o las selfis en
las pantallas; la ruina del pensamiento y del cuerpo por expansión de la
expresión por reduplicación artificial, mecánica y simulación digital, etc.,
generado todo esto por el uso cotidiano de tecnologías de comunicación e
información, es altamente celebrados como un triunfo y no como catástrofe.
La certeza más plena, e incluso para la conciencia
ingenua, es que, todo a la vez en todas partes al mismo tiempo (todo
al mismo tiempo en todas partes) está sucediendo: soluciones cargadas de
hiperactividad; el desorden, meticulosamente planeado. La velocidad de la
información que ralentiza la realidad (sólo en cámara lenta podemos ver bien la
verdad, pues la verdad ya no posee objetividad de tal manera que requerimos de
sentidos digitales o códigos QR.
Un código QR, es la evolución del código de barras. Es
un módulo para almacenar información en una matriz de datos o en un código de
barras bidimensional. Es como si la verdadera realidad no fuera la percibida
tangiblemente por nuestros sentidos, sino aquella que es decodificada a través
de un escáner o pantalla, para lo cual hay que contar con dispositivos de
tecnologías de alta resolución y fidelidad de comunicación e información para
tener acceso al alphaverso, esto es, a todas aquellas existencias que están
más allá de nuestras limitaciones naturales o ídolos como diría Francisc Bacon.
Equivale esto a la idea metáfora de que por vez primera podemos oír a grandes
distancias y ver a través de las paredes, como si de súper poderes se tratara. Y
con esto, desplazarnos de un metaverso a otro donde las leyes de la física
clásica no tienen vigencia.
En la antigüedad arcaica griega, Anaxágoras decía que,
en efecto todo esta, en todo, esfuerzo de la especulación y trabajo de
la Theoría, es decir, del pensamiento en donde lo mismo es el ser del pensar
que el pensar del ser; ósea, en donde es lo mismo lo que se piensa, se dice y
se hace; más, o pero que lo poco se encuentre en lo mucho y lo mucho en lo
poco; lo local en lo global, etc., no es producción de un pensamiento
metafísico, sino posibilidad de la tecnología en un universo donde todo parece
azar, pero que es destino por tratar de existir en universos de opciones
ilimitadas. Es decir, en un universo de las soluciones imaginarias (absurdas,
caóticas), previstas mediante algoritmos. Algunos han dicho que todo ahora es o
sucede en el horizonte de la phatafísica. Ciencia de los eventos
radicales.
Hoy
se salta de una página a otra, de una red social a otra. Aquí, en todo caso, ya
no hay metarelatos, sino metasaltos. Aunque el salto no implique desplazamiento
alguno. Como el niño frente a la pantalla en el videojuego. Experimenta tal
intensidad que vive excitado en su viaje sin desplazarse, y puede ahí estar
días completos. No debe ser distraído. Para el usuario o el que navega en la
red, ahí, no hay ¡no puedes!, no hay límites. Lo que indica que las redes
sociales siempre serán más delo que podemos comprender. Por eso cada vez nos hacemos de más y más
aplicaciones.
Se nos informa que asistimos y somos parte de la
transfiguración radical del mundo en donde ya no son necesarias las nociones
tradicionales de verdad, bondad y belleza; vivimos en un estado de cosas en
donde hay que ir ligeros y ser flexibles; que las banderas, las nacionalidades,
las tradiciones, los valores y las ideologías ya no son impedimento para estar
o quedarse anclado a una creencia, ciencia o religión. Etc., Todo esto,
situados en el discurso posmoderno, supone la muerte de Dios, el fin de la
historia, desaparición del sujeto, desgastamiento de las categoría y conceptos
que la modernidad para echar andar su programa y sus diversos proyectos.
Por supuesto, hay diferencias sobresalientes entre el
discurso de la modernidad y el de la posmodernidad. El moderno es un discurso
unitario, homogéneo e identitario. Fuerte por su anclaje a la metafísica. El
posmoderno, se dice, débil, desanclado de fundamentos generales, abstractos y
totales. Cómo calificar al discurso
posmoderno: Condición, ambiente, escenario, proyecto, estado de ánimo, débil,
líquido, sociedad de consumo, sociedad tecnotrónica, simulación, etc. Lo común
a todas estas denominaciones es el nihilismo, el pesimismo.
Pese a la tendencia nihilista, en la escena
contemporánea se percibe la sensación de que todo se puede mediante la
investigación científica, la ciencia aplicada y la realización tecnológica o
realidad virtual, en la que los individuos concretan sus sueños; nada se
debe, en tanto los imperativos categóricos y la ética normativa ha sido
rebasados por las morales que tienen en su base al "me gusta" más que al deber.
Nada se teme en tanto se vive en un universo constituido de medios electrónicos y aparatos tecnológicos que
sirven para la comunicación e información.
Aquí lo radical es la trasformación de la percepción humana:
extrapolación y especialización de vista y de oído. Al grado de que se
exige que la dispersión, la ambivalencia y la ambigüedad sean la condición para
actuar y hacer las cosas. ¿Pueden creerlo? Es decir, que el ser y la verdad
ahora se oteen desde estos criterios o parámetros. ¿Podremos vivir en adelante
bajo los signos de la simulación y a la luz del simulacro?
Con todo
esto, hacia dónde vamos. ¿De verdad, así acaba el destino del proyecto moderno
en el discurso de la posmodernidad, actualidad tecnológica o tiempo
computacional e informacional? ¿Deberíamos de celebrarlo? ¿Hay algo que todavía
podamos saber, algo que aún debemos hacer, algo que esperar? ¿Se puede volver
dónde se comenzó? Si tienes por ahí algunas respuestas, entonces suscríbete al
Canal del Oráculo del pensamiento y la expresión y haznos saber cómo es que
vivimos esta existencia en donde todo al mismo tiempo en todas partes sucede. Ahí,
donde ahora mismo, tú eres o piensas que eres más que lo que en carne y hueso,
en ideas, sentimientos y emociones tienes. Ahí, donde te reconoces mejor que en
tu propio cuerpo, es decir, en tu imagen y perfiles digitales que te has
elaborado para otorgarte una existencia en la que paradójicamente cada que te
conectas a la red te miras desaparecer.