La condición arcaica y rupestre del saber

Noción general del saber.
Todas estas cosas algún día las embotellarán, lo verás, así es la cosa, va a haber un día que escogerás en las tiendas, o donde sea, las botellas o latas de pensamientos o sentimientos adecuados a lo que quieras ser, pensar o sentir; ser un genio de las matemáticas no estaría mal por unos cuantos pesos y así poder seguir de barrendero o, tal vez, algún místico o filósofo importante para resolver misterios impenetrables; no si dicen que hasta paisajes moleculares y aparatos ópticos para cambiar el ángulo dimensional y la percepción, habrá controladores de tiempo para tu mente genética y puedas recorrer el camino de tus ancestros, y más allá. Sí, esta gente es muy complicada y no le gusta la sencillez de los pájaros y las flores, sí, es muy complicada, como sus aparatos y relojes que se escurren en la historia
(Rodrigo González. Escrito No. 2)
Siempre hay un antes del antes; antes del conocer o del poseer la ciencia, como dejaba dicho Platón, se encuentra el saber o el tener la ciencia; antes del conocer real y absoluto, como ha expresado Hegel, está el saber cierto; antes de las epistemes, a decir, de Foucault, fueron los saberes; o sea, que, primero es el saber y luego el conocer. Mucho antes a cualquier forma de conocimiento lógico, formal y verificativo, en estricto sentido científico tiene lugar el sentido común generador de un saber concreto e inmediato con lo que el hombre se compenetraba con el mundo.
El origen del saber al ser resultado de actividades prácticas y colectivas se pierde en el tiempo lejano, profundo, arcano y remoto, pues provienen de los hábitos más presentes, costumbres más recurrentes y tradiciones más ancestrales, a que las sociedades han dado lugar ante el imperativo de sobrevivir, pero también de respeto por mantener la relación íntima con el curso de la naturaleza. El saber es conocimiento, función cognitiva humana, sin lugar a dudas, pero no es actividad contemplativa y formuladora de hipótesis, teorías y cadenas de especulaciones, meditaciones y argumentaciones que después requieran se comprobadas. Platón diría que es saber sin conocer o bien, simplemente doxa u opinión.
Los saberes son naturales y libres de cualquier teoría que anticipe o anteponga la verdad abstracta a lo concreto y particular realidad de cada individuo y sociedad. Lo saberes no son otra cosa más que respuestas inmediatas y provisionales, prácticas y útiles en tanto respuesta a las exigencias del orden cósmico, es decir, cuyo origen es espontáneo y sin premeditación, intencionalidad de ventaja frente a aquello en lo que se ponen en práctica o se aplican por obra del sentido común, aun, sin la discusión sin son verdaderos o falsos, puesto que lo fundamental es el resultado, regularmente en una dirección de lo bondad; capaz que los saberes tienen un carácter ético antes que epistémico. Es decir, son norma de conducta más que de capacidad intelectual.
Para algunos, como Max Scheler, autor de El puesto del hombre en el cosmos, los saberes son emociones que generan valores, dado que los fenómenos se le presentan al hombre cargados de afectividad propiciando una experiencia emocional ante la objetividad de los valores y autónomos respecto a los actos en que son aprendidos. El algún momento Hegel se refiere a que "la filosofía popular tiene su base en las emociones y el sentimiento y no en la razón"... "La seriedad de la razón se pone en peligro si la razón siente". (Hegel. Discurso inaugural. la Universidad de Heidelberg. 28 de octubre de 1816).
Comúnmente los saberes tienen su originan, despliegan y conservan en las prácticas populares de los pueblos, esto es, en los rituales, fiestas, celebraciones, carnavales, ceremonias, peregrinaciones, conmemoraciones, etc., etc., son parte de la actividad y folklor de todos los días y en todos los niveles de la vida de una comunidad. Se encuentran tanto el conocimiento como en la ignorancia, en la salud como en la enfermedad, en la escasez como en la abundancia; lo mismo son prácticos para la guerra que, para la paz, el odio como para el amor; buenos son para el aprecio, pero también para el desprecio, la libertad y el sometimiento de una persona o de una comunidad.
La creencia, la fe, el corazón, son algo así como el centro de certeza y confiabilidad para la aceptación o el rechazo de los saberes. Poseen un poder mágico de encantamiento. Tienen una fuerza mística que aproxima a lo mortal con lo divino, ejercen un "don" de gratuidad, de bienestar y de felicidad para la convivencia más sana de la sociedad. Pese a todo esto, Platón ubica a los saberes en el mundo de la opinión. Mundo objeto de los sentidos, de la copia, de las sombras, de lo corruptible y de lo mudable de lo que Platón invita huir, es decir, liberarse. La mejor fotografía de esto es la alegoría de la caverna, el relato del prisionero que es capaz de romper las cadenas de las sombras y subir a la luz del sol.
Aristóteles a lo más que llega es a aceptarlos dentro del horizonte de la razón práctica, es decir, los saberes como una especie de frónesis ante lo que la metis se topa, sería, el modo en que los saberes continúan encontrando un lugar en la edad clásica griega. El vidente, el profeta, el rapsoda, el poeta son quienes para la edad clásica griega tienen y hacen uso de los saberes y a ellos acude el pueblo en busca de una respuesta ante el destino, por ejemplo.
El trovador y su fiel acompañante el juglar, además del mago y del habitante del bosque durante la Edad Media son en quienes los saberes se encuentran depositados, de ahí, que el poder del filtro, la poción, las plantas medicinales, pero también los conjuros a través de la palabra ejerzan una influencia sobre las decisiones de los habitantes, para bien o para mal, sin importar si las personas son de la nobleza cortesana o de la plebe o villanos de la aldea.
Para los patrólogos, es decir, para los padres de la iglesia, asimismo para los filósofos escolásticos, refugiados en las catedrales, abadías, monasterios y al servicio de los altos y bajos señores feudales y la clase social cortesana los saberes representan el peligro permanente ante el que se enfrenta la Fe, pues, la fuente del saber, según los escolásticos, no puede ser sino el maligno, el demonio o diablo. Por ello, en el arduo trabajo de reconversión de herejes y paganos hacia el cristianismo, los convertidores y reconvertidos tenían ganado el cielo como promesa. El cuerpo fue el lugar preferido para infligir castigos y duras torturas y con ello enmendar las almas hacia la beatitud o vida eterna. Brujas, gigantes, leones, lobos, autolopos, pájaros caradios, víboras y erizos, etc., toda esa colección de animales, seres y tierras fantástica que se pueden encontrar en textos sagrados y en esos insólitos catálogos zoológicos que son los Bestiarios. Inventarios de criaturas inverosímiles y fantásticas a que dio ligar la imaginación religiosa del medievo, por lo regular son producciones más de los saberes que de las ciencias. Lo que nace en la imaginación humana difícilmente llegará a ser aceptado como ciencia. La mirabilia es la figura en donde los saberes, durante la Edad Media, se guardan o resisten la envestida de la mirada de la analogía y de la fe cristiana.
Desde el renacimiento y a lo largo del desarrollo de la modernidad, etapa de crecimiento de la industria, la ciencia y la tecnología como dominio y control de las fuerzas naturales y la proclamación del señorío del hombre sobre obre la naturaleza, cuando el hombre moderno cree haber convertido los saberes en conocimientos y posteriormente en ciencias naturales y sociales; pasando de la astrología a la astronomía, de la alquimia a la química, del sentido común a la experimentación; cuando las sociedades modernas creen haber desterrado la realidad del universo de los saberes para aceptar como única realidad y verdad aquello que proviene de las disciplinas científicas o epistemes, se darán cuenta que la naturaleza de los saberes también son flexibles, pero al mismo tiempo ofrecen una gran capacidad de resistencias y de subversión.
Para la modernidad, los saberes se hallan en las prácticas artesanales, en los oficios, pero también en las producciones artísticas. Las artes, los oficios y el conjunto de la vida popular (hábitos, costumbres y tradiciones) representan las instancias en donde los saberes se retiran para resistir y rememorar el mundo como obra humana. Específicamente, durante la modernidad, la figura en donde se encarnan los saberes, es lo que se conoce como Bricoler, un tipo de saber, que al igual que la Metis y la Mirabilia, cada una en su momento, son el espejo de aquellos aspectos que las epistemes o ciencias no reconocen como parte de la verdad y en ocasiones de la vida misma.
Puedes ver el video correspondiente en el siguiente enlace:
Bibliografía.
Colli, Giorgio. El nacimiento de la filosofía. Edit. TusQuets. Méx., 2010
Graves, Robert., Los mitos griegos vol. 1. Alianza editorial. Méx., 1987.
Fränkel, Hermann, Poesía y Filosofía de la Grecia Arcaica. Edit. Visor. Madrid., 1993.
Los Grandes pensadores. La sabiduría presocrática. Edit. Sarpe. Esp. 1985.
Nicol Eduardo. Los principios de la ciencia. Edit. Fondo de Cultura Económica
El fisiólogo, Bestiario medieval. Ediciones obelisco. Barcelona 2000.
Scheler, Max. El puesto del hombre en el cosmos. Losada, 2017.
Foucault, Michel. La arqueología del saber. Siglo XXI, Méx., 1984. https://www.rockdrigo.com.mx/textos.html
El carácter integrador y epistémico del saber.
Se comen las uñas tomando cerveza, más sólo es la gloria quien va a su cabeza, se visten de un modo tan particular que por donde pasan dejan de que, hablar. Son intelectuales, también muy formales, con más evolución que otros animales, arreglan el mundo dando soluciones, en verdad es claro (que son bien chingones), pero él no quiere ser poeta, quiere ser cabrón, quiere se veleta, estrenar tarjeta pues le importa un pito querer ser poeta.
(Rodrigo González G. Escrito No. 2)
Los saberes son del orden de la compresión general de las cosas y las situaciones, no del análisis y la explicación una vez acontecido el fenómeno o producto de la especulación y abstracción una vez pasada la experiencia. Las epistemes, como contextos o marcos teóricos para la generación de discurso, asumidos como verdaderos, siempre regionales, particulares y especializadas cada vez más atienden sus casos en el laboratorio que son espacios pertenecientes a centros e institutos de investigación o en los cubículos académicos en los que el investigador universitario de alto rendimiento desempeña su quehacer científico y humanístico, en el mejor de los casos.
Es una pena, en serio, de que no solamente los saberes sino también las epistemes, en la actualidad hifanizada, hayan sido secuestradas por los que se hacen llamar coaching ontológicos, terapeutas ocupacionales y demás pseudociencias que toma de rehenes a los individuos en crisis y prometerles ayuda para desterrar o superar sus angustias y temores, asimismo para hacer prospectiva de sus metas personales o laborales. Se conciben todos ellos, es decir, coaching, manager, etc., como grades artistas o facilitadores del desarrollo potencial de los individuos para lograr plasmar objetivos coherentes y cambios en profundidad. Modeladores de falsas esperanzas, pues sin duda son conscientes de que tienen que actuar cínicamente a fin de mantenerse en el negocio. Afortunadamente, la naturaleza arcaica y rupestre de los auténticos saberes hacen voltear la espalda a este tipo de contemporáneos hechiceros cuya meta personal es meramente lucrativa además del reconocimiento social o seguimiento en las redes sociales.
Los saberes, tiene un carácter integrador (no totalizador) de las experiencias y diferencias de las personas pues su meta es el acuerdo, obviamente razonado y consensuado. Respetan las limitaciones cognoscitivas y emocionales de cada persona como punto de partida para la generación de opiniones y decisiones particulares. Los saberes son dinámicos y en constante transformación de ahí, tal vez, la máxima asumida por los sabios: "sólo sé que no se nada". Quienes poseen saberes y los emplean para dar consejos desinteresados y poner en camino de la libertad, justicia y paz al hombre y a los pueblos son los sabios. Quienes investigan los fenómenos de la naturaleza y la estructura de los procesos sociales a fin de destinarlos para la apropiación y administración de ambos reinos son, en general, los científicos.
Bajo el horizonte del saber el mundo se abre a la conciencia espontánea del hombre, una conciencia, por cierto, que no se vale de métodos, estrategias o artilugios alguno para "suspender" o poner entre paréntesis lo que ante ella aparece y reducir el mundo a un fenómeno que solo puede ser explicado por ella, por lo que frente al saber el mundo es como es y una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, definitivamente. El mundo, ni reducido a la simplicidad ni a la complejidad, aparece frente a la mirada del hombre en toda su presencia, por lo que no requiere representación o formulación lógica.
Para los saberes lo fundamental es integrar la diversidad y posibilidades de los acontecimientos, comportamientos, actitudes y decisiones en una unidad que permita de manera práctica resolver los problemas de la vida de todos los días. Son provisionales, fragmentarios, contingentes, atemporales y compuestos de claridad proveniente de la experiencia común humana y guardados en la memoria colectiva de los pueblos, por lo cual, los saberes suelen ser identificados como parte de la vida misma, por su origen arcaico y su enfoque rupestre.
Antes del nacimiento de las disciplinas, al modo de Michel Foucault, ese de la Arqueología del saber, esto es, antes de las ciencias como la economía, la bilogía, la sociología, la politología, la psiquiatría, la jurisprudencia, etc., la vida estaba llena de saberes; enfermedad, salud, pobreza, riqueza, amor, odio, agradable, desagradable, caliente, frio, dulce, agrio, locura, sexualidad, transgresión, etc., o a la manera del buen Heráclito de Efeso: oposiciones cuyas fuerzas dan como resultado un pasajero y efímero equilibrio para devenir prontamente en un nuevo enfrentamiento son la estructura del mundo; del cambio constante las cosas de la vida están hechas. Sólo que no vemos tal proceso, puesto que parece que dormidos pasamos por la vida. Claro, opinaría Heráclito, también llamado el "oscuro" quien, por ciento, se dice, renuncio a ser rey de su ciudad, o sea, que abdico al trono para entregarse a la vida contemplativa.
Recordar que para Platón el saber tiene su lugar en el mundo de la opinión. Mundo objeto de los sentidos y en donde todo lo que ahí habita solo es un reflejo o proyección de un mundo superior, bueno, bello y verdadero al que hay que llegar mediante el abandono o superación de lo sensible. El saber en Platón tiene dos momentos estelares, la conjetura y la creencia u opinión verdadera. A decir de Platón la conjetura es un inicio totalmente ciego y lleno de confusión en el alma se encuentra atorada, poco a poco, a causa de la experiencia, que es la clasificación y jerarquización de datos sensibles llevadas a cabo por el alma en el mundo de la copia y de las sombras, van teniendo lugar las opiniones verdaderas o creencias. Posteriormente, el alma abandonará el campo del reflejo y se elevará, por obra del conocer, mediante el juicio o raciocinio lógico, el uso de las abstracciones de la geometría y la matemática a la contemplación de las ideas en sí misma. El saber, como tal, se queda en lo arcaico y rupestre de la vida.
Para el racionalismo, en concreto para René Descartes el saber es todo, siguiendo a Platón, de lo que se puede dudar; lo suministrado por los sentidos, las costumbres y tradiciones, los sentimientos, las pasiones, los sueños y aquello proveniente de la imaginación no tienen la condición o el valor de la claridad ofrecida por la luz natural, por lo que no alcanzan el estatus de conocimiento. El saber para Descartes se origina en la experiencia sensible, es un tipo de ideas que el nombra como adventicias y no tiene el carácter de lo innato. Incluso las ideas facticias al ser combinaciones de ideas tampoco reúnen el requisito de la evidencia, que a su vez se constituye de claridad y distinción que solamente la res extensa, la res cogitans y Dios poseen. En todo caso, el mundo del saber nada tiene que ver con la naturaleza de Dios.
En el caso de Kant, la explicación de qué es el saber y de qué es el conocer, por más sistematizado que sea su esquema, siempre tendrá dificultades en ser comprendido a cabalidad. A ver, Kant distingue dos fuentes del conocimiento: 1) la sensibilidad, que es la facultad de recibir representaciones y 2) el entendimiento, que es la facultad de conocer un objeto a través de tales representaciones. Mediante la primera "se nos da un objeto", por la segunda "lo pensamos", según deja saber Kant, en la crítica de la razón pura. (Kant 1993:92.) Por tanto, las representaciones recibidas por los sentidos corresponderían al saber y las representaciones pensadas y explicadas por el entendimiento mediante el uso de conceptos corresponden al conocer. El saber para organizar la experiencia, echa mano de intuiciones puras tales como el tiempo y el espacio, pero que tienen que ver más con la preferencia o inclinación del gusto de los individuos. El conocer que discurre por medio del entendimiento hace empleo de categorías que Kant llama conceptos puros, tales como la cantidad, la cualidad, etc., que están fuera de la experiencia, puesto que son a priori. El saber, en cambio, en palabras simples, es para Kant, aquello que se recibe a través de los sentidos por lo que el individuo resulta afectado, perturbado o confundido. El rasgo de dispersión del saber requerirá ser organizado mediante conceptos puros que yacen en el sujeto y no en los objetos, de ahí que el buen Kant exprese que: No hay duda de que todo nuestro conocimiento comienza por la experiencia. [...] Pero, aunque todo nuestro conocimiento comience con la experiencia, no por eso surge todo él de la experiencia» (Kant, I.: Crítica de la razón pura, B-1). El saber maquila los contenidos para el conocer del entendimiento.
Todavía los filósofos del idealismo alemán, Schiller, Ficthe y Schelling, siguiendo a Geothe y Hölderlin y quizás el Hegel de la estética, insisten en el carácter ontológico de la belleza y en la conquista de la unidad intelectual de una naturaleza que mediante el saber de lo sensible se puede obtener. El tema es el conjunto de la vida sensitiva, es decir, todo aquello relacionada con los afectos, sentimientos, emociones; todo aquello que salta a la vista y alcanza las entrañas del corazón: deseos y pasiones, que quizás el racionalismo extremo y el gran desarrollo científico han aventado por la ventana, una vez más, pero que, en las voces de Schiller, Ficthe, Schelling y posteriormente Hegel adquiere relevancia, aunque siga siendo un medio para elevarse al conocimiento de lo absoluto.
Dentro del sistema científico de la verdad como concibe Hegel la filosofía, el saber es el primer peldaño de ascensión al mundo del saber real y absoluto. El saber es algo así como una representación sensible, certera e inmediata, pero, en realidad, es apena una conjetura, una creencia u opinión formada por el sentido común encarnado en el mundo práctico, habitual y particular del individuo, lo que equivale a lo que Hegel califica como conciencia vulgar, ciega y sorda. Aquí yace una experiencia bruta, total, concreta y particular. Antes del saber real y absoluto al que se llega por vía de la actividad fundamentalmente del entendimiento y posteriormente de la razón o del conocimiento filosófico y que se manifiesta en la experiencia de la libertad realizada lógica e históricamente, según Hegel, se encuentra el mundo del saber cierto, cuyo horizonte es de carácter disperso, variable, mitológico, religioso y artístico. De ahí, que, para Hegel, el arte sea apenas el punto de partida para elevarse a lo absoluto.
Puedes ver el video correspondiente en el siguiente link.
Bibliografía.
Colli, Giorgio. El nacimiento de la filosofía. Edit. TusQuets. Méx., 2010
Graves, Robert., Los mitos griegos vol. 1. Alianza editorial. Méx., 1987.
Fränkel, Hermann, Poesía y Filosofía de la Grecia Arcaica. Edit. Visor. Madrid., 1993.
Los Grandes pensadores. La sabiduría presocrática. Edit. Sarpe. Esp. 1985.
Nicol Eduardo. Los principios de la ciencia. Edit. Fondo de Cultura Económica
El fisiólogo, Bestiario medieval. Ediciones obelisco. Barcelona 2000.
Scheler, Max. El puesto del hombre en el cosmos. Losada, 2017.
Foucault, Michel. La arqueología del saber. Siglo XXI, Méx., 1984. https://www.rockdrigo.com.mx/textos.html

El saber palpa el ser.
Manos de avena con panela cuando la sal asalte, manos de chocolate a donde ate mi hambre vuela, manos de ate de guayaba para cuando me vaya, manos de caramelo con papelitos para los celos, manos con sus deditos p'a mi solito con mis desvelos, Manos de azules venas para las penas que me acompañan. Manos que atan dos corazones vena con vena, manos de avena con yerbabuena y miel de abeja, manos de avena con yerbabuena cuando amar amargue, manos con chocolate para chuparlas en luna llena, manos de azúcar negra para endulzar las amargas penas.
(Carlos Arellano. Manos de avena)
Desde la perspectiva del materialismo histórico
el saber es una producción espiritual y al mismo tiempo un tipo de relación
sostenida entre los hombres, la naturaleza y las condiciones materiales de
existencia. Es la percepción directa y franca de que las necesidades reales de
la sociedad se satisfacen mediante el trabajo colectivo o actividad social. Las
ideologías dominantes observan en el saber una especie de fuerza, de conciencia
liberadora, por lo que se dan a la tarea de crear relatos de que no forman
parte de la esfera de la producción social y los colocan al margen de contexto social,
político e histórico. Desde luego, no se les considerarlo saber real, negándole
también su capacidad de verdad, o quizás, simplemente porque ven en el saber
una forma de transgresión y de transformación nacida en la base popular y
social del pueblo.
Para Marx, el saber es trabajo o actividad práctica, no es una elaboración abstracta de acerca de la realidad y de la naturaleza humana, por tanto, el saber no es una expresión de actitudes y acciones al margen de la realidad y actividad práctica del hombre, como en su caso, si lo será la ciencia, el arte, la ideología y hasta la filosofía al momento en que las categorías y las abstracciones son la primera causa de la realidad y de la verdad, es decir, hipostasis de que hay una esencia humana inalterable. En fin, las reflexiones filosóficas en torno al saber y su diferencia con el conocer, son largas y vastas y en donde, no se puede ocultar, que lo que está en juego son concepciones del mundo o cosmovisiones.
En todas las épocas, culturas o civilizaciones los saberes mantienen y defienden su naturaleza arcaica y su despliegue rupestre frente al asecho y asedio de las epistemes cuya pretensión principal es desacreditar, descalificar y desautorizar a los saberes como conocimiento, razón por la cual los sabios, que son calificados, de magos, profetas, adivinos, videntes, etc., son quienes saben de las cosas de la vida y a ellos acude el pueblo en general para saber de sí o de su suerte: reyes, príncipes, guerreros, artesanos, obreros, poetas, artistas, frailes, mendigos, caballeros, obreros, hombres comunes, etc, presurosos acuden queriendo saber de su destino. Saberes que nacen en el pueblo y para el pueblo encarnados en las manifestaciones populares provenientes de la antigüedad o desde lo más recóndito de las sociedades.
Los saberes, en ocasiones, a fin de guardar su esencia y mantenerse vivos optan por el repliegue hacia los rincones, periferias y espacios marginales de las distintas prácticas discursivas de la sociedad, pero jamás renuncian a su condición ni se reconvierten a la lógica y fines de las epistemes. Mantiene su condición de libertad y desinterés frente a las seducciones del poder. En todo caso, simplemente, se retiran del protagonismo para volver con fuerza e inteligencia, generalmente, cuando la vida o la sociedad ha perdido el rumbo y estalla en crisis profundas a causa de la formalización lógica del mundo y el exceso de conocimientos científicos o cuando las ideologías del progreso consiguen apropiarse de la naturaleza. Los saberes, entonces se hacen presentes y lazan su voz ofreciendo un retorno a lo original, a lo espontáneo de la existencia o vida auténtica.
Está claro que cuando la visiones racionales, universales y objetivas promovidas e implantadas por las ciencias a efecto de dominar la vida, para lo cual es necesario crear elaboraciones teóricas, es decir, suntuosas y majestuosas teorías científicas que aterrorizan y condicionan con sus categorías, métodos y estrategias que fragmentan, analizan, dividen y descuartizan al ser en tantas partes sea posible y lo vuelven a reintegrar mediante la revisión o recuento de sus partes, por si acaso faltara alguna. Lo mismo se hace con el obrero, el estudiante, el profesor, el médico, el artesano, la trabajadora social, etc., a fin de mantenerlos bajo estricto control. Entonces, tienen lugar los discursos justificantes y legitimadores de que el conocimiento científico es el único medio por el cual se llega la verdad. Todo otro medio es arcaico y rupestre, por tanto, falso. Desde luego, desde el punto de vista de las epistemes.
El carácter arcaico de los saberes designa la certeza de que ontológicamente la vida se encuentra estructurada por la originalidad, la espontaneidad y la novedad. La vida no se desliza bajo un plan o jerarquía de sucesos, es libre y espontánea, también contingente y azarosa. Tampoco, jamás deja de presentar eventos inéditos e irrepetibles, pues es original en todo momento. Lo arcaico se remite a la noción de que la vida no puede ser más que primigenia y principal. En términos de la ontología o de la noción y especulación acerca del ser, los saberes se acercan, tocan, palpan, e incluso conviven con el ser de una forma directa e inmediata. Palpar al ser es remitirse al ser en sentido concreto de la palabra, o sea, para la sensibilidad que se guía mediante el saber el ser se le hace presente de forma diáfana, sólida, concreta, total y en donde no hay reclamo de aspectos nouménicos, sencillamente porque la naturaleza del ser precisamente no requerir de un fundamento previo.
Con el aspecto arcaico de los saberes, entonces, tiene que ver, la comprensión de aquello por lo que una cosa es lo que es, por lo que, por ende, no hay requerimiento o necesidad de dar explicaciones. Son las ciencias las que se empeñan neciamente en explicar lo que solo se puede comprender. Toda comprensión siempre es dinámica, inercial, plural, diferencial, caótica y dramática, entre, muchas otras características. La condición arcaica del saber le da chance al hombre de para advertir la realidad como presencia; como aquello que se pone de manifiesto de modo inmediato, completo, concreto, plena y total a la mirada humana. Por tanto, la presencia es apofántica, lo que quiere decir que no requiere para ser de otra cosa más que de sí misma. Sin embargo, por esta cualidad se le manifiesta al hombre como ajena, extraña, asombrosa y admirable. Lo cual es fantástico, pues da lugar a la intervención no tanto del conocer como sí del saber.
De lo pleno y acabado, de lo lleno y formado de sí mismo quizás solo mediante un enfoque rupestre pueda ser traducido y sin jamás llegar a la universalidad de lo manifestado, pero sí, tal vez a lo esencial, puesto que como manifiesta K. O. Apel, "No puede haber representación alguna de algo a través de un signo, sin una interpretación por parte de un intérprete real". O sea, se sigue de esto que la comprensión de las situaciones y experiencias de los individuos en la vida es personal, singular e irreductible a la comprensión del otro, dado que cada uno, con sus propias capacidades y habilidades cognitivas, emotivas, éticas y estéticas lleva a cabo el acto de interpretación y de comprensión. Sin necesidad de entramados y complejas cadenas de razonamientos deductivos o inductivos que las ciencias establecen como horizontes explicativos.
La condición rupestre de los saberes lleva a la comprensión arcaica del ser. Los puentes, en todo caso, a la vivencia del ser son de índole mitológico, mantico, profético, erótico y poético. Por eso, en general, el profeta, el adivino, el cantor, el rapsoda, el juglar, el artesano y aun el hombre común se instalan en los saberes más que en las ciencias. La condición arcaica y rupestre de los saberes tiene que ver con el estado de originalidad y autenticidad de la verdad. Una verdad en donde el pensamiento y la voz del poeta y cantor dejan al "descubierto" la coexistencia de la realidad y la verdad, asimismo, de su infinita belleza y su bondadosa gratuidad.
Lo arcaico y lo rupestre de los saberes se expresan en un lenguaje primordial en donde el individuo (sea poeta o adivino, cantor o juglar) habitan en un estado de creencias, hábitos, costumbres, tradiciones, suposiciones, etc., en donde el universo acontece en un devenir o recreación permanente. La realidad y la verdad que yace en el saber es unísona, oscura, ambigua y siempre relativa, pero que toca al ser. También por su condición arcaica y rupestre el saber históricamente es reprimido y recortado, ya sea porque nombra una realidad primigenia y auténtica o porque genera conciencias a contracorriente, atemporales, críticas y subversivas.
La condición arcaica del saber puede ser asumido como un discurso que utiliza un lenguaje dramático y espontáneo que se identifica por sus connotaciones tanto poéticas como filosóficas y que coloca al hombre ante un saber que mantiene la autenticidad ontológica del fenómeno mismo, que no supone una zona velada por el propio fenómeno ni propone una elaborada ascesis intelectual para llegar a esa zona recóndita. Es decir, se presume aquí unidad entre el ver y el pensar y no es necesario representar aquello que directamente aparece ante los sentidos y la razón. Para el pensamiento antiguo era patente que la realidad (el ser) es cualquier cosa y todas las cosas que se pueden conocer. Quizás entonces la realidad no guardaba ningún misterio: el ser (la realidad) se mostraba en su ser mismo, no requería de de-mostración alguna, es decir, ser representada.
También y de manera espontánea, por medio del saber arcaico, el hombre conviene en manifestar que la realidad se evidencia como verdad, independientemente de si el fundamento es racionalista o empirista y de si puede ser expresada metafórica o conceptualmente. Un pensamiento que vitalmente describe el ser del fenómeno sin pretensión de apropiación, es decir, de adueñamiento y afán administrador; en todo caso, el pensamiento arcaico bajo la condición del comprender libre y desinteresadamente las cosas. Lo cual no puede ser también más que rupestre, pus rupestre es aquel saber que no tiene intencionalidad de violencia ni de apropiación del ser. Voluntad de verdad es su inclinación.
Puedes acceder al video correspondiente en siguiente enlace:
Bibliografía.
Colli, Giorgio. El nacimiento de la filosofía. Edit. TusQuets. Méx., 2010.
Graves, Robert., Los mitos griegos vol. 1. Alianza editorial. Méx., 1987.
Fränkel, Hermann, Poesía y Filosofía de la Grecia Arcaica. Edit. Visor. Madrid., 1993.
Los Grandes pensadores. La sabiduría presocrática. Edit. Sarpe. Esp. 1985.
Nicol Eduardo. Los principios de la ciencia. Edit. Fondo de Cultura Económica.
El fisiólogo, Bestiario medieval. Ediciones obelisco. Barcelona 2000.
Scheler, Max. El puesto del hombre en el cosmos. Losada, 2017.
Foucault, Michel. La arqueología del saber. Siglo XXI, Méx., 1984.
https://www.rockdrigo.com.mx/textos.html

El saber es marginal, subversivo y trasformador de la realidad.
Cuando la canción alcanza los vuelos de la poesía algo sucede en el alma, que se explaya y hace bailar a todos nuestros sentidos. Esto no necesariamente tiene que ver con las palabras, porque bien se saber que la melodía puede ser un ensalmo que acaricia al ser.
(Armando Rosas)
Lo rupestre y lo arcaico asociados están a lo primitivo, burdo, torpe, inculto, irracional, pero también a lo mágico, religioso y modo común de hacer las cosas. Nada que ver con las refinadas formas de vida a través del progreso científico han dado lugar. Sin embargo, lo cierto es que los saberes arcaicos y rupestres se han mantenido a lo largo del desarrollo de cada sociedad o cultura; se han mantenido y soportado lo gélido de la mazmorra o calabozo en las que ha sido recluidas y soportado el látigo de la desacreditación que las epistemes han publicitado siempre. Los saberes, arcaicos y rupestres ha sabido mantenerse vivos, pese a la exclusión de la esfera cultural y educativa de un pueblo; se han mantenido en lo marginal y en lo periférico, pero defendiendo su horizonte de comprensión de la realidad y de la verdad. A la figura de la razón como logos, ratio y vernunft, corresponde figuras del saber, tales como: la Metis, la Mirabilia y el Bricoler, como genuinos saberes arcaicos y rupestres que siempre han acompañado y han sido contrapeso de las formalizaciones de la verdad y cosificación de la realidad.
La metis, la mirabilia y el bricoler. como formas de saber, cada una en su correspondiente tiempo y espacios, son reacciones de la sensibilidad humana a los modelos tanto de la ciencia como de la ideología dominante que descuelgan la existencia de conceptos rotundos y amenazantes, excluyentes de cualquier otro tipo de saber y de conocimiento que no sea el legitimado y justificado desde la pureza de sus paradigmas. Metis, mirabilia y bricoler han sido saberes que han enfrentado al orden tradicional, conservador y represivo de los modelos metafísicos y positivistas del conocimiento que orientan la existencia a efectuarse bajo la apariencia e ilusión de "grandes verdades" además de programar la vida por los carriles de la permanente explotación y represión. Saberes que desde lo periférico y marginal cuestionan y provocan la trasformación profunda de la sociedad. Son como los ríos profundos de una civilización o el palpitar de la tierra entera.
Mestis, mirabilia y bricoler, por su naturaleza han estado en las sombras, pero siempre apostando por la justicia y la democracia tanto en las formas de pensar como en las de conocer y sobre todo en las de vivir o existir. Claro, desde las trincheras del poder estos saberes no pueden ser más que salvajes, arcaicos y rupestres. Enemigos de la sociedad abierta, cuando en realidad lo que hay en el horizonte de estas formas de conocimiento son grados de la verdad múltiple y diversa, en espera de lo inesperado, maravilloso y asombroso.
Que más experiencia maravillosa puede acceder el hombre que a la proximidad con respecto a un estado primordial de la conciencia, la capacidad de viajar y vincular entre sí cosas y los acontecimientos más dispares, la exuberancia vital y el poder creador que emana de la situación de hallarse en el <<umbral>> en donde se revelan verdades primordiales, simples, sencilla, directas y francas no puede ser más que una condición humana, que encuentra en la poesía y canción liricas no solamente su medio más adecuado de expresión, sino también el instrumento fundamental de ejecución.
La condición arcaica y la actitud rupestre exigida por los saberes a partir de la materialidad de los acontecimientos cotidianos en los que se encuentran vitalmente envueltos los hombres da lugar el empleo del lenguaje o de la palabra como instrumento mágico para jugar y conjugar con ellas realidades cósicas y cómicas. Para ser más precisos, los saberes arcaicos y rupestres ponen de manifiesto los vínculos que unen las palabras a los órganos y las funciones corporales, pero también con las situaciones sociales elementales, e introducen la creatividad personal y los juegos lingüísticos en la formación de la idea de mundo.
La condición arcaica y rupestre, literalmente es un ponerse fuera de lugar y de estar dislocado. Este desplazamiento y "estar fuera de lugar" no debe entenderse aquí, en los términos formalistas de una yuxtaposición cultural o de signos, sino en el sentido existencial de un distanciamiento reflexivo, transgresor y, de un acto creador en un sentido poético y político, pero jamás, sin situarse por encima ni mucho menos fuera de la realidad. Cierto, en un momento dado la condición arcaica y rupestre de los saberes puede ser contemplativa, pero no se queda ahí, baja a la tierra o al mundo de la vida como práctica social y haciéndole el paro a los más necesitados. Quien más sabe es el que más ayuda, de otro modo el saber y el sabio perderían la eticidad.
Los saberes arcaicos y rupestres son, en cada caso, como metis, mirabilia y bricoler, un ejercicio plástico, rítmico y erótico, de crítica, humor e invención. Incluso, el "colocarse fuera de lugar" aquí no tiene el sentido de "suspensión" de la realidad a modo de la "epojé" fenomenológica. Quien hace "epojé" es el filósofo no el poeta ni el hombre común de la calle. Aquí no cabe la distinción entre el pensamiento, el pensar, lo pensado, el noéma y la noésis. El mundo no es fuera del lenguaje, ni el lenguaje es fuera del mundo, como tampoco la existencia está más allá del pensamiento y el pensamiento más allá de la existencia. Todo es uno y uno es todo. Esa es la apuesta de las sabidurías, en cambio las epistemes o ciencias siempre se afirman en la división o escisión de los asuntos del ser y de la verdad, de la conciencia y del mundo, etc. Es más, para que se sepa, la conciencia nunca sale del mundo y jamás el mundo es eyectado fuera de la conciencia. Esto ha sido el negocio de los filósofos.
Estar fuera, tal vez hay que entenderlo más bien como un estar totalmente dentro del vaivén de la existencia, es decir, pararse en el <<umbral o intervalo>> de los eventos equivale a estar en el día a día del ser y del existir. Es ahí donde se manifiesta lo esencial. En la condición arcaica y rupestre acontece el ser y el existir. Puesto que La condición arcaica y rupestre abre el acceso a un reino que se encuentra más allá de las palabras o de los discursos bien estructurados que atan la existencia a previas categorías o primeros principios. Tal condición humana puede ser calificada como relación con el misterio de otra realidad, de otra verdad, de otros valores. La condición de estar fuera de los límites de lo permitido es lo que le otorga a los saberes arcaicos y rupestres no solamente su función divertida o diver-siva, sino también un aura oscura y atemorizadora. Y también, dicha condición, explica la actitud de comprensión del individuo frente al fenómeno de la vida y la muerte y, por otro lado, el desacato a la autoridad: de la "tira", de la red y del poder de lo institucional. Los saberes, desde luego, arcaicos y rupestres están ligados a la negatividad del pensamiento. Contrarios al orden y al poder de los conceptos de las epistemes, los saberes arcaicos y rupestres ponen de manifiesto un lenguaje metafórico e inseparable tanto del goce vital como de la lucha por la supervivencia y por existir en la igualdad.
Una lengua primordial y, por tanto, poética poseen los saberes arcaicos y rupestres, cuyos rasgos básicos pueden ser resumidos como: vocación e intencionalidad de invertir el orden de las cosas; suspensión de categorías y jerarquías que definen los gestos y acciones de las personas; deseo de transgredir y con ello dislocar los signos que cosifican la existencia; subvertir los juicios y valores tradicionales por los cuales se sanciona la conducta humana. Metis, Mirabilia y Bricoler, son saberes espontáneos e imprecisos, prácticos y de sentido común -de ahí su naturaleza rupestre- que han sido descalificados y ocultados por los relatos totalizadores de la verdad tales como el logos griego, la teología cristiana medieval y la ciencia e industria modernas y ahora la tecnología. Estos saberes siempre han existido paralelamente a los grandes sistemas de la verdad y se han mantenido como resistencia crítica a esas verdades teoréticas y trascendentales que fijan el mundo a criterios de explicación a priori y por tanto universales. Estos saberes rupestres pertenecen más a la vida y aun horizonte práctico, mítico, mágico, poético, por tanto, de sentido común y de carácter estético, dialéctico y hermenéutico. Queda, por tanto, echar una miradita al mundo de la vida de cada uno de estos saberes aquí solamente, apenas, susurrados.
Puedes ver el video correspondiente en:
Bibliografía.
Colli, Giorgio. El nacimiento de la filosofía. Edit. TusQuets. Méx., 2010.
Graves, Robert., Los mitos griegos vol. 1. Alianza editorial. Méx., 1987.
Fränkel, Hermann, Poesía y Filosofía de la Grecia Arcaica. Edit. Visor. Madrid., 1993. Los Grandes pensadores. La sabiduría presocrática. Edit. Sarpe. Esp. 1985.
Nicol Eduardo. Los principios de la ciencia. Edit. Fondo de Cultura Económica.
El fisiólogo, Bestiario medieval. Ediciones obelisco. Barcelona 2000.
Scheler, Max. El puesto del hombre en el cosmos. Losada, 2017.
Foucault, Michel. La arqueología del saber. Siglo XXI, Méx., 1984.
https://www.rockdrigo.com.mx/textos.html.